(Vía Blog laFuga)
El clima de Valdivia acompaña a la ciudad impregnando todo de un sol radiante. Han sido buenos días sureños. Ayer conocí el Teatro Cervantes, antiguo recinto restaurado y ahora inaugurado en esta edición del festival. Es un placer darse cuenta de la inteligencia de rescatar un precioso teatro en desuso y revitalizar la vida cultural de una ciudad. Tiene dos pisos, llenos de gente ayer para los estrenos respectivos de dos películas chilenas: ‘Lo bueno de llorar’, de Matías Bize, y ‘Mirageman’, de Ernesto Díaz Espinoza.
Extraña combinación. Dos posibilidades distintas, segregadas, cultural y territorialmente (Bize filmando en las calles de una Barcelona nocturna y Díaz haciendo lo suyo en un Santiago con olor a nuestro). Las posibilidades del cine chileno se amplían, y lo hacen de una manera lúcida.
‘Lo bueno de llorar’ es la crónica de un viaje, fragmentos de una noche de separación. Es interesante el uso de los espacios desolados, vacíos, una Barcelona construida a partir de la ausencia, de lo sucio, y no de los espacios prototipos de una ciudad europea. La pareja atraviesa distintas situaciones durante la caminata, desde pasar por la fiesta de una amiga de ella hasta huir como niños tras haber hecho una travesura (en una de las secuencias más destacables de la película), por ejemplo. Ahora, la impresión que queda tras la película es un sentido algo errático, quizás inconstante, de relato que se perpetua a sí mismo sin motivos aparentes. Que se extiende en metraje, que es en exceso musicalmente inductivo en algunas escenas (el inicio como el mejor indicio de esto). Bize es inteligente en su experimentación acerca de la pareja, las sensaciones, lo torpe de algunas acciones, pero en una película de vocación mínima y al mismo tiempo totalmente narrativa, esperamos algo más de carne. El sufrimiento del quiebre queda allí, perdido en el espacio del deambular.
Con ‘Mirageman’ pasó una de las cosas más emocionantes que pueden pasar dentro de un Festival: una ovación sostenida por varios minutos al final y aplausos incluso entremedio de la película. Un público hiperventilado con la que parece ser la gran sorpresa oculta del cine chileno, que muy afortunadamente ahora sale del laboratorio. Mirageman es el sobrenombre en clave superhéroe de un inocente y utópico guardia de seguridad del Passapoga, afectado por las repercusiones de un violento asalto que cambió su vida y la de su familia. Adicto al ejercicio, una noche interrumpe el asalto a la casa de una famosa periodista. Lo que queda despúes es entonces el nacimiento del héroe que rescatará a los santiaguinos de sus amenazas, con nada más que un excelente estado físico y aptitudes de pelea, además de una fe transparente en que todo puede ser mejor. Díaz es simplemente un excelente director al asumir códigos visuales y narrativos de un cine fantástico y al mismo tiempo muy verosímil. Su Santiago es una ciudad que huele a micro, una ciudad real, que se ve y que se reconoce. El héroe nace para un final trágico, no sin antes pasar por peleas y manipulaciones. La película asume sin pudor un sistema de referentes reconocible, la televisión (Pseudo Robin y Mirageman en moto hacia Santa Martina como inicio de serie ochentera, simplemente notable), las secuencias de pelea, la femme fatale. Sólida, se apropia de estos referentes y los hace propios, verosímiles, creíbles. Es autoconsciente de su género y hasta lo parodia, muy inteligentemente, con sentido del humor y gracia, convirtiéndose en un gran logro y una muy buena película.
Ahora tengo que irme corriendo, llega la van, no releo lo que he escrito, adiós!

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada