(Vía Blog laFuga)
El festival ya terminó. Estoy en Santiago, un luminoso Santiago. No hay caso con Valdivia, es un Festival que tiene efervescencia y vuelo, que se enciende por los participantes y los visitantes. Priorizando otras cosas, me perdí las películas ganadoras: ‘Still life’ y ‘Yumurta’. Me alegra el premio de ‘Mirageman’. Algunos quedaron sorprendidos con la mención para ‘La vida me mata’ y ‘Lo bueno de llorar’: ¿premio inventado el minuto anterior? ¿exceso de paternalismo con las películas chilenas? ¿o está bien? Se abre el debate. Los últimos días bajé la cuota diaria, el cuerpo se resiente tras tantas fiestas e intensidad. ‘Ping Pong’ (Luthardt), alemana, tuve que abandonarla a la hora de transcurso, por algunas cosas que hacer. Quisiera no haberla dejado. El nivel de tensión y perversión en la cinta eran alucinantes. Ella atraída por el sobrino del marido, ella con una extraña fijación con su perro, la construcción de la piscina, las conductas alemanas algo parcas y crípticas, el espacio perfecto de la casa. Las miradas, el piano. No pude verla entera, espero alguien competente pueda hacerse cargo para nuestro dossier valdiviano.
Chilenas, ‘El Pejesapo’(Sepúlveda), ‘Ángeles negros’ (Leiva+Bustos). ‘Pejesapo’, una aventura, la marginalidad a la proyección (social y digital, una cámara de lente manchado a veces, de distintos formatos incluso). Un sujeto hace lo posible por guiar su vida, después de intentar suicidarse en el río Maipo. Cesante, sin norte más que la sobrevivencia de una hija, se aventura errante en un Santiago poniente, pudahuelino, poblaciones, circos bizarros de travestis. Con algunas secuencias notables, tristes y patéticas (el circo como el gran ejemplo de esto), creo que supera largamente las expectativas que puedan tenerse. El uso de la cámara, la improvisación de los diálogos, una especie extraña de dogma marginal, discursivo, muy fuerte, coherente. ‘Ángeles negros’, un documental construido a la medida de lo didáctico, recopilando a los integrantes originales de la banda. Aquí aparece la discusión entre el valor del documental y la noción de lo televisivo (en varios momentos la película parece un capítulo más de ‘Canción Nacional’, incluso con créditos gráficamente similares). Independiente de que el relato se explica, de un modo bastante claro, lo que queda en deuda es la posesión de un dispositivo visual, de una manera de ver las cosas, de que se note una mano detrás de lo que se narra. Se echa de menos entonces el que la película sobrepase de alguna manera lo que se espera de un reportaje, aquella convención informativa, entrevistas, planos ilustrativos. De todos modos, entretenidas las referencias musicales, el encanto de los personajes.
Finalmente, mi película favorita del festival, ‘Hamaca paraguaya’, de Paz Encina. Fuera de competencia, programada por el bueno de don José Luis Torres para la sección Nuevos Caminos. Planos fijos, constantes, en torno a las acciones cotidianas de una pareja de ancianos que hablan en guaraní. Instalan una hamaca, esperan. Esperan. Y siguen esperando. Y mientras lo hacen, hablan acerca de su hijo, que está en la guerra, a quien echan de menos, a quien aman y quieren de vuelta. La nostalgia, lo hipnótico del guaraní como lenguaje, la lluvia que está todo el tiempo a punto de caer. Un conflicto bélico situado en 1935 es el pretexto para el ejercicio visual de la espera, de la esperanza. El viejo corta cañas, en un espacio vacío, en un tiempo vacío. Notable, quise llorar.
Evaluaciones globales, críticas algo menos provisorias, próximamente en laFuga.
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